Unidos por la preservación del planeta

Sylvia Earle, pionera de la exploración submarina

Cuatro décadas después, la oceanógrafa y pionera en la exploración submarina sigue en la brecha con su iniciativa Mission Blue.

Por Eva Van Den Berg
Fecha de publicación: noviembre de 2019icon-clockTiempo de lectura: 4min 6s

Es Explorer de National Geographic desde 1998 y Testimonial Rolex desde 1982, y lleva toda la vida dedicada a salvaguardar los océanos de nuestro planeta azul. Sylvia Earle, conocida con el sobrenombre de Her Deepness (la dama de las profundidades), lucha infatigablemente para crear una red global de áreas marinas protegidas cada vez más grande que, al menos, iguale la superficie terrestre. Y es que, a pesar de que cubren más del 70 % de la superficie del planeta, actualmente menos del 6 % de los ecosistemas marinos está protegido, frente al 15 % de los terrestres. Sin embargo, los océanos son indispensables para la vida: regulan las precipitaciones, la temperatura, los vientos, nos proveen de oxígeno y son el mayor sumidero de CO₂ de la naturaleza. Es decir, sostienen la vida en el planeta, y hasta el 90 % de las especies —incluida la nuestra, por supuesto— depende de los océanos para sobrevivir. A pesar de ello, constituyen un territorio enormemente desconocido. Aún hoy, aunque parezca inverosímil, siguen estando mucho menos explorados que la Luna, Marte e incluso Venus: los mapas que hemos obtenido de estos cuerpos celestes del sistema solar tienen más resolución que los de los fondos oceánicos.

La oceanógrafa y bióloga marina Sylvia Earle, pionera en la exploración submarina, es Exploradora Residente de la National Geographic y Testimonial Rolex desde 1982. Actualmente impulsa la iniciativa Mission Blue, destinada a salvaguardar Hope Spots (lugares de esperanza) marinos, en la que colabora Rolex.

Earle, hija de una época en la que la mayor parte de los ecosistemas se hallaban en óptimas condiciones, ha sido testigo de cómo, en pocas décadas, lugares prístinos y llenos de vida, muchos de los cuales ella exploró antes que nadie, han sido arrasados sin contemplaciones. «Los seres humanos tenemos la impresión de que el océano es tan inmenso, grande y resistente que no importa lo que le hagamos. Menuda locura. La ignorancia es nuestro mayor problema. Pero todo lo que le hacemos se vuelve contra nosotros», declara. Para frenar los perjuicios causados por la acción humana, la oceanógrafa y su equipo trabajan para conseguir que en el año 2020 se haya preservado el 20 % de las aguas marinas. «Tenemos un ingente trabajo por delante, pero hay que hacerlo, porque lo que es indiscutible es que un mundo sin océanos es un mundo sin nosotros —afirma—. Y lo cierto es que vamos progresando. Cabe recordar que en 2006 apenas un 0,65 % de los mares gozaba de algún tipo de protección». Sin duda, su iniciativa Mission Blue, lanzada en 2009 gracias a la dotación económica que recibió tras ganar el TED Prize, tiene mucho que ver en ese incremento.

Para mí, todo comenzó a la edad de 3 años, cuando fui arrollada por una ola. Desde ese día, el océano me fascina.Sylvia Earle

Sylvia Earle se zambulle en aguas del Parque Nacional Cabo Pulmo, en el mar de Cortés (o golfo de California), en México. La oceanógrafa, defensora sin cuartel de los océanos y sus ecosistemas, lidera el Google Ocean Advisory Council, un equipo formado por 30 científicos que proporcionan datos para cartografiar el mar, todavía hoy enormemente desconocido.

Mission Blue es una alianza (la Sylvia Earle Alliance, con las oportunas siglas SEA) creada para espolear el interés de las comunidades locales en la preservación de sus mares y que, gracias a importantes patrocinios como el de la marca de relojes suiza Rolex que apoya desde hace años la labor de la oceanógrafa, va afianzando su objetivo. «La colaboración de Rolex ha sido de valor incalculable para sostener las expediciones del programa Mission Blue», afirma Earle. Por su parte, Brett Loveman, director de comunicación de Mission Blue, dice: «Sin duda Rolex ha sido un punto de apoyo con el que siempre podemos contar, tanto para las expediciones como para establecer la red de áreas marinas protegidas». Por el momento han establecido ya más de un centenar de los denominados Hope Spots, «lugares de esperanza» en todo el mundo (también en el Mediterráneo, donde las islas Baleares fueron nombradas Hope Spot en 2015) que constituyen áreas marinas de alto interés ecológico que deben ser protegidas. Entre los más recientes se halla el golfo de Tribugá, en el departamento colombiano de Chocó, un pedazo de océano Pacífico altamente biodiverso donde acuden a criar especies como el tiburón martillo o la ballena jorobada y que está amenazado por la construcción de un puerto marítimo justo al lado del exuberante Parque Nacional Natural Utría. «Los Hope Spots son lugares especiales que resultan críticos para la salud del océano. Con esas nominaciones queremos reconocer, apoyar y empoderar a las personas y comunidades de todo el mundo en sus esfuerzos por proteger el océano —afirman desde Mission Blue—. Son lugares que nos permiten planificar el futuro y mirar más allá de las áreas marinas protegidas (AMP) actuales, que son como los parques nacionales en tierra, donde los usos de explotación como la pesca y la minería en aguas profundas están restringidos. Los Hope Spots suelen ser áreas que necesitan nueva protección, pero también pueden ser AMP existentes donde se requiere incrementar las medidas de conservación». De dimensiones variadas, todos ellos albergan una abundancia o diversidad relevante de especies, hábitats o ecosistemas inusuales o representativos, y poblaciones de especies raras, amenazadas o endémicas. «Son sitios con mucho potencial para revertir el daño de los impactos humanos negativos, que ofrecen esperanza para sostener importantes procesos naturales a largo plazo y de importancia particular para la comunidad», dice Earle.

Banco de pargos en aguas del Parque Nacional Cabo Pulmo, una de las muchas especies que pueblan los arrecifes de este parque marino. Hace medio siglo la biodiversidad de estas aguas estuvo amenazada por la sobreexplotación del océano. Para Earle, a la derecha, este es un ejemplo de cómo un ecosistema puede recuperarse si se implementan las medidas de preservación necesarias.

Hoy, a sus 84 años de edad, esta científica que recibió el premio Princesa de Asturias de la Concordia 2018 por su lucha incombustible por la protección de su querido gran azul sigue perseverando en ello con un optimismo guerrero que cosechó con sus primeras inmersiones siendo adolescente y afianzó tras miles de zambullidas en algunos mares pletóricos que luego vio marchitar. Como en 1970, cuando capitaneó un equipo de cinco investigadoras que durante dos semanas vivieron en el interior de un laboratorio submarino, el Tektite II, en los fondos marinos de las caribeñas islas Vírgenes. «Pasamos 15 días buceando entre 10 y 12 horas diarias —recuerda—. Estaba todo tan lleno de vida… era absolutamente maravilloso». Pero al volver a aquel lugar en 2011, lo que vio la dejó consternada: los fondos estaban arrasados. No había apenas nada: un erial sumergido, un páramo desolado. Earle ha sido también testigo de desastres ecológicos descomunales, como los originados por los vertidos de crudo del Exxon Valdez en Alaska en 1989 o el del Mega Borg en el Golfo de México en 1990. Un año más tarde viajaría hasta el golfo Pérsico para ver in situ los vertidos causados durante la guerra de Iraq en Kuwait. Entonces ejercía como directora científica de la NOAA, la Administración Oceánica y Atmosférica Nacional de Estados Unidos. Pero duró poco en el cargo, apenas dos años. «No me dejaban decir lo que sabía, y decidí que lo mejor era seguir por libre», explica con determinación. Fue allí donde alguien le endiñó otro apodo: Sturgeon General (General Esturión). Afortunadamente tiene ese don que poseen tantas grandes personalidades del mundo de la conservación: la certeza de que no hay más alternativa que seguir en la brecha. «En el pasado no conocíamos el alcance de nuestros actos. Hoy sí. Sabemos con detalle cuáles son los efectos causados y cómo revertir la situación, y de hecho ya lo hemos hecho en algunos lugares, como en Cabo Pulmo, en el mar de Cortés, en México, un lugar que se ha recuperado de forma sorprendente tras su preservación y que hoy va pareciéndose a lo que era 50 años atrás», dice.

«Realmente, entre todos podemos conseguirlo», concluye Earle, quien ahora se encuentra en las islas Galápagos. Afortunadamente para todos, Her Deepness es imparable. Y su misión azul, también.

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