Gustavo DudamelYa no soy más un joven director

Fecha de publicación: septiembre 2013clockTiempo de lectura: 2m50s
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El Testimonial Rolex Gustavo Dudamel tiene el mundo a sus pies. El carismático director venezolano ha sacudido los cimientos de la música clásica con su mente abierta y sus nuevas y osadas interpretaciones de viejos clásicos.

Por Jesús Ruiz Mantilla

Hace escasamente diez años se empezaba a hablar por todo el mundo de un joven talento, surgido del milagroso Sistema de orquestas de Venezuela creado por ese visionario llamado José Antonio Abreu hace aproximadamente cuarenta años, que podía cambiar muchas cosas en el panorama de la música clásica. Su imagen era la de una sonrisa escondida tras unos electrizantes rizos, una viveza y una energía contagiosa que le hacían arrastrar multitudes. Jóvenes multitudes… Se llamaba Gustavo Dudamel. Y esa esperanza para un mundo que vivía cierto declive, como el de la música clásica es, hoy una realidad que, de dirigir en su país la Orquesta Simón Bolívar —la más sofisticada del sistema Abreu y una de las cinco mejores del mundo, según la crítica—, pasó a ser invitado habitual en Europa con las más prestigiosas formaciones, desde las Filarmónicas de Berlín o Viena a la Scala o el Concertgebouw, y a ser nombrado titular de la Filarmónica de Los Ángeles. Hoy, ya no se considera más un joven director. Dudamel ha entrado en una inconformista madurez.

Ya se transformó usted de promesa a realidad. ¿Cómo se siente ahora que sus sueños son una realidad?

Ya no me siento un joven director. Existen, en la órbita que yo me formé, jóvenes directores como Jesús Parra, de 18 años, que acaba de debutar en Salzburgo este verano de la mano de Simon Rattle, o Diego Matheuz o Christian Vásquez, y paro de contar… Ha existido en el mundo un boom de nuevos directores y es normal. Los grandes de ahora y del pasado fueron en su día jóvenes directores. Cada vez son más los de menor edad interesados en dedicarse a la música así, quizá porque el acceso a este mundo se ha multiplicado. Yo tengo la conciencia de que me falta mucho camino por recorrer y soy consciente de ser un privilegiado porque dispongo de las herramientas para seguir evolucionando con las orquestas que dirijo. Dispongo de una madurez adecuada al tiempo que ha pasado y a la evolución que me ha traído hasta aquí. Pero lo más interesante de todo es que la exigencia siempre es mayor.

¿Por qué?

Uno, cuando es joven, siempre tiene muchas inquietudes, y quizá las ideas, las preocupaciones que uno vive entonces guardan más relación con el instinto que con la experiencia. Quizá son más naturales, más alocadas, y, a medida que pasa el tiempo, vas viendo que se va diluyendo la pregunta del cómo para convertirse en un por qué. Eso es lo que yo más siento ahora. Actualmente, el cómo va resultando mucho más sencillo y la complejidad pasa al por qué.

Gustavo Dudamel cree fervientemente que la música se ha democratizado y ya no pertenece a lugares o culturas concretos.

Por ejemplo…

¿Por qué pensar así sobre determinada música? ¿Por qué pedirle una cosa u otra a la orquesta en un específico estilo, un determinado sonido?

La carrera de un joven director y de su generación está mucho más expuesta que nunca, es transparente a los medios, las redes sociales; eso implica mucha más exigencia. Una selva en la que sobreviven pocos. Usted lo ha logrado y ha cumplido. ¿Se siente bien reconocido?

Yo me siento muy bien en la posición que ocupo. Creo que no debo probar nada ni presionarme para construir algo, no solo en lo que respecta a mi carrera, sino porque me preocupa mi evolución como artista. Antes estaba más concentrado en demostrar cosas, ante todo el talento, lo cual forma parte de la locura de la juventud, aunque para mí siempre fue muy natural, no sentí la presión; ahora me siento más cómodo. Mi curiosidad es mucho más profunda. Me fascina ahondar en el sentido de la música, en sus aspectos físicos, filosóficos y, por supuesto, artísticos.

¿Cuáles cree que predominan en ella?

Todos en conjunto. No la puedes tratar aisladamente como sonido o como arte que expone la belleza de su armonía, de sus ritmos, de sus colores, sino también a través del pensamiento que ha generado esas notas. Para llegar a crear determinadas obras maestras, se ha dado un pensamiento muy profundo previamente, aunque no tenga que ser rebuscado, sino más natural, pero siempre es una reflexión sólida que debe sentir también la orquesta y no solo cuando tratas de explicarlo con palabras. También debes hacerlo con gestos, porque en esa relación compleja entra tu intelecto, tu conocimiento, tu intuición y tus sentimientos.

Me sorprende que usted no haya sentido la presión. Parece, por un lado, sano, y por otro, irresponsable en su caso. Usted fue la cabeza visible del sistema de orquestas venezolano creado por José Antonio Abreu y que es un símbolo en todo el mundo. ¿De verdad no sintió peso por eso?

Nunca, nunca, se lo juro. Nunca me siento nervioso cuando voy a dar un concierto, eso significaría inseguridad. Lo que estoy es ansioso, con la adrenalina al cien por cien. Sí siento una responsabilidad, que resulta distinta a la presión: la responsabilidad de evolucionar humana y artísticamente a la par. No me gusta decir profesionalmente.

¿Le suena frío?

Ese término es una limitación. Me duele mucho cuando lo utilizan los jóvenes que al llegar a una orquesta exigen un trato profesional: nosotros somos artistas creadores y recreadores. La recreación de la música de los grandes genios necesita de artistas y no de profesionales. Por eso nunca he sentido presión.

¿Cuáles son los rasgos fundamentales de esa escuela?

Lo más importante es la práctica común. Resulta importante el estudio individual, pero es primordial el trabajo en equipo. Esa experiencia en la orquesta, en la acción de escuchar al otro, producir cierto sonido, ha sido algo muy importante para nosotros. Todos salimos de una orquesta en la que hemos tocado, la inquietud nace de esa misma práctica sostenida por una formación musical profunda. Mis estudios en Barquisimeto [Venezuela] son la base de todo, la armonía, la estética, la historia y… la práctica en conjunto. Por eso, yo creo que conecto mejor con las orquestas también.

Con ese bagaje básico, usted salió de Venezuela; triunfa en Estados Unidos, donde dirige como titular a la Filarmónica de Los Ángeles, y asombra en una Europa depositaria de la gran tradición musical. Con usted llegó cierta frescura. ¿Hay que relativizar el peso de esa tradición? ¿Son más naturales las cosas?

Absolutamente. Han sido ciertos términos, como la misma palabra «clásica», los que han distanciado a la comunidad, a una mayoría, de la música. También es cierto que, en un tiempo, esa propia música se producía en élites, en las cortes, patrocinada por los reinos, la aristocracia, pero eso ya pasó. Ahora pertenece a todo el mundo. El arte forma parte de la formación natural del ser humano. Una forma de acceder a la belleza que no se ve, que se siente. La música arropa todas las demás artes; por eso, porque se siente, se experimenta.

Para Gustavo Dudamel, crear obras maestras con una orquesta implica una relación compleja en la que participan el intelecto, el conocimiento, la intuición y los sentimientos.

¿Cómo romper esa barrera?

Si pensamos en el atractivo que puede tener un coche antiguo, vintage, y cómo después esa misma máquina se ha adaptado a los tiempos, deberíamos plantearnos algo parecido. No solo ha evolucionado la composición, también el sonido, los conceptos, la manera de transmitirlos. Debemos aprovechar el impulso que dan las generaciones más jóvenes a las orquestas, con sus nuevas mentalidades; es un mundo que nos pertenece a todos.

Tampoco eso significa abordar los repertorios por partes y a trozos. Usted, por ejemplo, le brinda a su público ciclos completos con las sinfonías de Mahler. El público, aunque sea primerizo, siempre apreciará lo mejor. Calidad y cantidad no están reñidas.

Quienes alejan la música clásica de los públicos más amplios y de las nuevas generaciones son los puristas, aquellos que creen que es para unos pocos elegidos, quienes creen que, para conservar la pureza, la música debe permanecer encerrada y en manos de determinados círculos. Es una barbaridad que algunos crean eso todavía en estos tiempos.

No hay nadie que haya hecho más daño a Wagner que los propios wagnerianos, con ese sentido de secta.

Y como en eso, en todo. Es gracioso. Hay algo que hoy se aborda con mucha agresividad. Muchos se empecinan en criticar o atacar a un director joven solamente por su juventud. Es como pensar que alguien bonito no puede ser inteligente. Son clichés que no se sostienen. Los mismos puristas son muy dados a eso: ciertos críticos matan la evolución que debe llevar el arte musical con esos prejuicios.

¿Esos prejuicios se dan también contra el hecho de que a la música de gran tradición europea la vengan a salvar directores de Venezuela o brillantes pianistas chinos, como Lang Lang?

Lo que más ciega es la rutina de haberlo tenido siempre y de la misma manera, pero eso está cambiando. La música ya no forma parte de un lugar específico ni de una cultura específica: es global, universal. Eso es lo que estamos demostrando nosotros y es lo más importante, aparte de que venimos de lugares donde se ha abierto de manera general el acceso a la música, no como una fábrica de músicos, sino como un sistema de construcción de seres humanos.

Ahora mi curiosidad es mucho más profunda.Gustavo Dudamel

¿Es esa la ambición del sistema Abreu?

Una ambición en pro del bien, en absoluto volcada al individualismo. No hay nadie más ambicioso que José Antonio Abreu, yo no conozco a nadie, pero en beneficio del progreso colectivo. Un bien común que enseña a aprovechar el tiempo a los niños y jóvenes que ahí aprenden para algo que merece la pena, con sentido, en pro de la búsqueda de la belleza. El arte es lo más importante en nuestra formación, la concepción de un espacio físico y en el tiempo para desarrollar lo bello. El tiempo es nuestra mayor riqueza y debemos aprovecharlo para perfeccionar esa sensibilidad y hacernos mejores.

EL SISTEMA NACIONAL DE LAS ORQUESTAS JUVENILES E INFANTILES DE VENEZUELA

El sistema de orquesta venezolano creado en 1975 por José Antonio Abreu se ha convertido en la vanguardia de la enseñanza musical en todo el mundo. No hay país que no quiera adoptarlo a su forma de difundir y enseñar la música entre los más jóvenes, aunque el proyecto surgió —y continúa siendo— de una iniciativa de acción social, creada para luchar contra la pobreza y la delincuencia. Actualmente lo componen 125 orquestas juveniles en todo el país —más de una en cada ciudad, justo como soñó su precursor—, aparte de 31 formaciones sinfónicas compuestas por integrantes que aprenden en sus núcleos y entre las que destaca la joya de la pirámide, la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar.

Actualmente acuden a sus clases cerca de 400 000 niños y jóvenes de todo el país. Vive de subvenciones gubernamentales y privadas aportadas desde todas partes del mundo. Ha sido reconocido por músicos como Simon Rattle como el acontecimiento pedagógico más importante que ha conocido en su vida, y cuenta con la habitual colaboración de prestigiosos músicos universales, entre los que destacan el propio Rattle, Claudio Abbado o Plácido Domingo. También es una reconocida escuela de intérpretes y directores de orquesta formados por el propio Abreu, entre los que sobresalen Gustavo Dudamel, actual director titular de la Filarmónica de Los Ángeles y la Simón Bolívar; Diego Matheuz, encargado de la Fenice, en Venecia, o Christian Vásquez.

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