Lititz Watch TechnicumUNA FORMACIÓN DE ABSOLUTA PRECISIÓN

Fecha de publicación: mayo de 2016clockTiempo de lectura: 1 min 45 s
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Frente a la falta de relojeros cualificados en Estados Unidos, Rolex creó en 2001 una escuela destinada a formar a los jóvenes en la revisión de relojes mecánicos de alta gama.

Con sus colinas de suave curvatura, sus granjas, sus zonas boscosas y su apacible atmósfera, el entorno de Lititz, en Pensilvania, podría confundirse con ciertas partes del Macizo del Jura, cuna de la relojería suiza. Pero el paralelismo con el país europeo va más allá: la región se sitúa en dominios amish, una comunidad tradicionalista y devota de colonos originarios de Suiza. Además, los alrededores de Lancaster, capital del condado, son zona importante de relojería desde el siglo XIX.

No obstante, el revestimiento blanco de las casas y las granjas de «la Pensilvania alemana», así como los centros comerciales, ya lo hacen todo mucho más americano. Diseñado por el arquitecto Michael Graves, cuyo trabajo ha sido premiado en varias ocasiones, el complejo de piedra de 4274 m2 en el que se ubica el Lititz Watch Technicum logra reconciliar estos dos mundos. Con su perfil ojival que recuerda al estilo tradicional de los graneros de la región, se mimetiza perfectamente con su entorno natural. Las altas ventanas laterales similares a las de las fábricas relojeras suizas inundan de luz el interior, que alberga modernos talleres de formación para jóvenes relojeros, además de un centro de servicio posventa Rolex.

Suplir la carencia

El Lititz Watch Technicum está íntegramente financiado y equipado por Rolex, que se hace cargo asimismo de los gastos de escolarización de los alumnos. Sin embargo, éstos han de comprar sus propias herramientas relojeras, una inversión importante en un primer momento, pero que perdurará durante toda su carrera.

El Technicum abrió sus puertas en 2001 para responder a una carencia general de especialistas en la revisión de relojes mecánicos de lujo. Esta tendencia se remonta a la década de 1980, debido a la llegada de los relojes de cuarzo cuyos movimientos electrónicos no necesitaban, en su inmensa mayoría, revisión. El oficio de relojero se resintió mucho, y las escuelas de relojería cayeron en desgracia. Entre los años 1973 y 2000, el número de relojeros en Estados Unidos pasó de 32 000 a unos 6500. En los servicios posventa, la profesión fue escaseando a medida que los relojeros veteranos se retiraban, lo que amenazaba la transmisión del saber relojero. Pero en la década de 1990 las ventas de relojes mecánicos de calidad cobraron un nuevo impulso, por lo que urgía la formación de especialistas en revisión y reparación.

Desde su primer curso en Lititz, los alumnos fabrican componentes relojeros que requieren un acabado de gran precisión.

Reavivar una tradición

Desde su apertura, la escuela de Lititz ha contribuido a restaurar la tradición relojera en Estados Unidos. Unos 115 jóvenes relojeros de servicio posventa han obtenido su título, y más de la mitad trabajan para distribuidores oficiales Rolex de ese país, o directamente para la marca. Los demás han escogido un camino diferente uniéndose, por ejemplo, a minoristas independientes u otras empresas relojeras de lujo. El éxito del Technicum es tal que los revendedores estadounidenses abren nuevos talleres de servicio posventa. La base de datos de la escuela cuenta con unos 100 puestos que cubrir en los distribuidores, de los cuales alrededor de 30 corresponden a puestos creados. Rolex apoya otros dos programas de estudios, uno en el North Seattle College y otro en la Oklahoma State University, cuyo programa es el mismo que en Lititz. En la actualidad, los titulados en estos centros trabajan por todo el país, hasta en Guam, una isla del Pacífico, y algunos se han convertido en ejecutivos.

Si bien el Lititz Watch Technicum cuenta con su página web, esta ya no se promociona a estudiantes. Cada año, la escuela estima que entre 70 y 100 solicitudes son dignas de consideración, y unos 40 candidatos son invitados a realizar el riguroso examen de 8 h de duración y el proceso de entrevistas. Solo 14 estudiantes vestirán la bata azul de laboratorio del primer año, preparados para dos años de aprendizaje.

«No es un trabajo, sino un estilo de vida», subraya Herman Mayer, director del Lititz Watch Technicum. «Los alumnos deben comprender bien quiénes somos y lo que les espera durante dos años».

Un reloj creado por alumnos del Lititz Watch Technicum en el marco de un proyecto de estudios.

Suscitar vocaciones

Desde que abrió sus puertas hace catorce años, el Technicum ha sabido descubrir el potencial de una generación más familiarizada con los videojuegos que con los Lego o los mecanos. Los alumnos que vienen a estudiar a esta zona rural de Pensilvania vienen de lejos, a veces incluso desde centros urbanos de California. Muchos aún no han cumplido los 20 años y acaban de salir de secundaria; otros poseen títulos universitarios, incluso en ingeniería mecánica, y algunos son treintañeros que buscan un giro en su carrera. La jornada de selección, muy exigente, pone a prueba la capacidad de los candidatos para resolver un problema. El objetivo consiste en evidenciar una aptitud para la mecánica, más que las competencias ya adquiridas. En las pruebas y las entrevistas, Herman Mayer y sus tres profesores esperan ante todo candidatos con una buena capacidad de razonamiento y de gestión de la frustración, sin olvidar la pasión y una gran motivación.

En clase, las ideas se fusionan y nos gustaría poder reflexionar sobre ellas hasta el infinito, incluso cuando se trate de micromecánica y ello implique trabajar en casa. Es absorbente, pero totalmente gratificante.Alexa Tumas, alumna de segundo curso

Para el director, la destreza no es primordial en última instancia, ya que se puede aprender mediante una buena formación. El resultado está ahí: bien entrada la noche, en el Technicum, una multitud de pequeñas lámparas brillan en la oscuridad. Las clases han terminado después de muchas horas y se retoman a las 7:30 de la mañana siguiente, pero los alumnos siguen trabajando en su proyecto relojero. La escuela hace que nazcan vocaciones. Lograrlo implica entusiasmo y dedicación y, aunque se diga poco, cualquiera que entre en los talleres se da cuenta de inmediato: «En clase, las ideas se fusionan y nos gustaría poder reflexionar sobre ellas hasta el infinito, incluso cuando se trate de micromecánica y ello implique trabajar en casa. Es absorbente, pero totalmente gratificante», confiesa Alexa Tumas, alumna de segundo curso.

Los diplomas acreditan haber adquirido ese sentido de la disciplina y ese savoir-faire. «El examen siempre reserva su parte de sorpresas. El nivel es alto», considera William Harbison, que hoy en día trabaja para un distribuidor cerca de Filadelfia. Los alumnos salen de la escuela transformados por la experiencia. Apenas han pasado unos meses desde que se les pedía, en las pruebas de selección, que explicasen más o menos con un palillo cómo funciona un motor de bomba, y cuando se dan cuenta están inmersos en la fabricación de un reloj perfectamente operativo a partir de un modelo de movimiento.

Este proyecto individual de primer curso lleva a cada alumno a fabricar todos los componentes necesarios y a montarlos. Según la escuela, poner rápidamente en práctica las clases básicas —sobre técnicas de aserradura, de recortado y de torneado, por ejemplo— y crear todas las piezas de los componentes funcionales favorece el talento individual al tiempo que fomenta el orgullo y la sensación del trabajo bien hecho. Algunos alumnos de primero incluso añaden a su reloj complicaciones o elementos decorativos adicionales.

No es un trabajo, sino un estilo de vida.Herman Mayer, director del Lititz Watch Technicum

Para Ben Kuriloff, alumno de segundo, el reloj que ha fabricado es la culminación de su primer curso: «Aunque el profesor estaba presente para ayudarnos o responder a nuestras preguntas, éramos nosotros los que estábamos al frente del proyecto, y teníamos que arreglárnoslas. ¡Qué satisfacción ver tu reloj terminado funcionar por primera vez y responder a todos los criterios! Sabes que lo has conseguido gracias a tus propias competencias», añade. Los resultados de estos proyectos son sorprendentes, y muchos portan con orgullo su reloj en la muñeca. Un alumno desarrolló un movimiento tan sobresaliente técnica y estéticamente que la Federación de la industria relojera suiza lo expuso en el mayor salón internacional de relojería, Baselworld, que se celebra todos los años. La fabricación de un reloj figura igualmente entre los proyectos. «Se califica a los alumnos no en función del reloj, sino de su trayectoria», explica Gary Biscelli, uno de los profesores.

Los alumnos de segundo trabajan en movimientos y reciben formación en la revisión y mantenimiento de todos los componentes de un reloj.

Una calidad reconocida

El Lititz Watch Technicum presenta todas las ventajas de una prestigiosa escuela tradicional de relojería suiza. Estos últimos años, ofrece una ventaja adicional con su programa de estudios certificado por la Swiss American Watchmakers Training Alliance (SAWTA) que, además de sus cursos sobre el arte relojero, hace hincapié en las relaciones con la clientela y la gestión de las piezas. El American Watchmakers-Clockmakers Institute (AWCI) garantiza su control de forma independiente. Aunque obviamente los alumnos aspiran a lograr un puesto en un distribuidor Rolex, el objetivo esencial es disponer de bases sólidas que les permitan integrar el servicio posventa de un relojero de alta gama. En la primera planta del Technicum se encuentra el centro de servicio posventa Rolex. Sus talleres, muy luminosos, ven pasar miles de relojes al año, tanto modelos históricos de la posguerra como otros más recientes altamente técnicos. A pesar de formar parte de las instalaciones de la escuela, funciona de forma completamente autónoma, pero no deja de ser un ejemplo a seguir para los alumnos.

El Lititz Watch Technicum concilia las rigurosas normas de Rolex con las necesidades de un mercado estadounidense en evolución. Herman Mayer no tiene ninguna duda de que el futuro del Technicum y de sus alumnos se presenta brillante. «Lo bonito de este oficio es que es infinito», afirma sonriente.

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