Sylvia EarleUn océano de esperanza

Fecha de publicación: agosto 2016clockTiempo de lectura: 12min50
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Bióloga marina y Testimonial Rolex desde 1982, Sylvia Earle es pionera en la exploración submarina desde hace más de cuatro décadas. Siempre se ha marcado como misión descubrir, estudiar y proteger los océanos. Actualmente, gracias a su iniciativa Mission Blue, identifica zonas marinas a proteger y alerta a la opinión pública sobre la necesidad de salvaguardar estos Hope Spots (lugares de esperanza).

Sylvia Earle, fotografiada por David Doubilet, observa el crecimiento de esponjas y corales en el pilar de un embarcadero. Estas estructuras creadas por el hombre se transforman en arrecifes artificiales donde los animales marinos encuentran un nuevo hábitat.

Especialista reconocida en fondos marinos y exploradora residente de la National Geographic Society, la estadounidense Sylvia Earle es también bióloga marina, acuanauta, conferenciante y autora. Desde que comenzó a explorar los fondos marinos, hace ya cuarenta años, es una figura pionera, siempre a la vanguardia de la investigación. Como fundadora de la empresa Deep Ocean Exploration and Research (DOER), es muy activa en el desarrollo de equipos de exploración marina que permitan a los científicos (de los que ella forma parte) utilizar zonas del océano aún inexploradas como laboratorio.

En 1970, dentro del marco de un proyecto de investigación del gobierno estadounidense, Tektite II, Sylvia Earle dirigió a un equipo de acuanautas que vivió dos semanas en un laboratorio submarino para estudiar la vida del océano y las consecuencias sobre el cuerpo humano de una estancia prolongada bajo el agua. En 1979, se adjudicó el récord mundial de inmersión autónoma más profunda, a 381 metros bajo la superficie del océano Pacífico, dentro de una escafandra rígida resistente a la presión.

En 2009, Sylvia Earle fue galardonada con un premio TED, distinción reservada a visionarios audaces capaces de suscitar un cambio a escala planetaria. Gracias a este apoyo, fundaría Mission Blue, una iniciativa que contribuye a establecer en diversos lugares del globo zonas oceánicas a proteger o Hope Spots. El documental Mission Blue, rodado en colaboración con Netflix y premiado en los Emmy Awards, relata la carrera y los objetivos de Sylvia Earle.

¿Qué le empujó a convertirse en exploradora de los océanos?

Eso no fue nunca una decisión deliberada. Me gusta pensar que todos los niños son por naturaleza exploradores, y que algunos de ellos lo siguen siendo durante toda su vida. Para mí, todo comenzó a la edad de 3 años, cuando fui arrollada por una ola. Desde ese día, el océano me fascina.

Lo que ha acaparado mi atención todos estos años es la vida que cobija. Es una sensación increíble sumergirse, sentirse en la ingravidez y no saber a qué atenerse. Pero también pensar que cada inmersión reserva algo maravilloso. Estas sorpresas hacen del océano algo irresistible. No puedo imaginarme mi vida de otra manera.

Si le acompañáramos en una de sus mejores inmersiones, ¿qué podríamos ver?

A decir verdad, viví una de mis inmersiones más bellas hace cincuenta años, antes de que el océano cambiara tanto, pero aún quedan lugares magníficos para ver.

Recientemente me sumergí frente a la isla del Toro, una pequeña isla cerca de Mallorca protegida desde hace algunos años. Allí vi grandes peces y un inmenso banco de barracudas. Se trata de un arrecife perfectamente conservado, pero a escala planetaria, hemos perdido prácticamente la mitad de los arrecifes coralinos, el 90 % de los grandes peces y muchos peces más pequeños.

Cuando pienso en un lugar en el que me gustaría realmente sumergirme, lamento no tener una máquina del tiempo para ver tal y como era en otras épocas o tal y como será, idealmente, en el futuro gracias a los esfuerzos emprendidos para conservar los océanos.

Sylvia Earl, fotografiada en 2015 por David Doubilet en la Elysium Arctic, expedición en la que participaron para explorar y documentar el Ártico.

¿Qué degradaciones ha constatado recientemente que aún no existieran en la época de sus primeras inmersiones?

Hemos diezmado una cantidad espantosa de peces. Cada año, cerca de 100 millones de toneladas de fauna marina son extraídas de los océanos, y hay que tener en cuenta la destrucción de los hábitats de dichas especies. Además, numerosos peces son pescados y luego tirados de nuevo al mar, muertos.

Antes pensábamos que el océano era tan vasto y tan resistente que no teníamos la capacidad de afectarle. En el espacio de unos cuantos decenios, hemos roto equilibrios fundamentales a escala mundial. Todo está conectado, y ahora estamos tomando conciencia de la importancia de dichos equilibrios. Desgraciadamente, son muchos los que siguen sin comprender que al proteger los océanos se protege a la especie humana.

¡Y, sin embargo, usted sigue creyendo en ello!

Hay muchas razones para mantener la esperanza. En primer lugar, nos hemos concienciado de nuestro impacto sobre los océanos y de su papel esencial. De ahí que no solamente puedan tomarse medidas, sino que realmente se adoptan.

Por ejemplo, en las Palaos, un estado insular del oeste del océano Pacífico, el 80 % de la zona económica exclusiva es una reserva natural protegida, un refugio de paz para la fauna marina, dedicándose el resto a la pesca para alimentar a la población local. El turismo constituye la principal fuente de ingresos, lo que significa que, en lugar de matar tiburones u otras especies, se estimula la creación de espacios para protegerlos. Es mucho más beneficioso y sostenible.

Pero, para mí, todo comenzó a la edad de 3 años, cuando fui arrollada por una ola. Desde ese día, el océano me fascina.

Usted forma parte de unas cuantas personas que han tenido la suerte de vivir bajo el agua, en diez ocasiones, la más reciente en 2012. ¿Qué ha aprendido de dichas experiencias?

Que los peces son seres de pleno derecho, igual que los gatos, los perros, los caballos o incluso los humanos. Hubiera debido comprenderlo antes, pero solamente lo comprendí quedándome día y noche en un lugar preciso y aprendiendo a conocer individualmente a los peces. Cada uno de ellos tiene una fisionomía y una personalidad propia. Es uno de los milagros de la vida: una diversidad sin límites.

Es preciso vivir día y noche bajo el agua para tomar conciencia de ello. Es posible reconocer a cada barracuda. Algunas de ellas eran agresivas y otras eran tímidas. Observarlas permite identificarlas. No veíamos nadar a «un» pez ángel en las proximidades, sino «a ese» pez ángel que se acercaba al cristal y nos miraba. Entonces era cuando lo reconocíamos. Eso fue un inmenso paso hacia adelante.

A su entender, no ha perdido lo que un día llamó su «curiosidad infantil».

¡Espero que no! Se exagera al decir que crecemos.

Vista aérea de las costas de Mallorca. Las islas Baleares en España albergan el primer Hope Spot del Mediterráneo.

Esta curiosidad infantil, ¿es necesaria en un científico marino?

Esta curiosidad es la que nos hace humanos. Nos ha llevado a realizar descubrimientos que transmitimos de una generación a otra, esperando ofrecer a nuestros hijos perspectivas mejores de las que nosotros hemos tenido. Hoy en día tenemos una mejor visión, un mejor conocimiento y una mejor comprensión de lo que nos rodea. Los niños actuales saben a qué se parece la Tierra vista desde el espacio. Ése no era el caso cuando yo era niña.

Y, sin embargo, apenas estamos comenzando a explorar los fondos marinos. La historia de la vida en la Tierra es sobre todo una historia del océano. Si rellena un recipiente con agua de mar, verá un condensado de la vida en la Tierra. El océano se encuentra en el corazón de la acción.

Ninguna persona puede cambiarlo todo, pero todo el mundo puede cambiar algo. Juntos, podemos llegar a conseguirlo realmente.

¿Qué le hace pensar que el océano no ha tenido la atención que se merece?

Las cosas están mejorando, pero todo se convierte en más urgente, ya que asistimos a cambios potencialmente irreversibles. Esto significa la extinción de especies o un punto sin retorno. Cuando pensamos en todas las sustancias que dejamos escapar a la atmósfera y al agua, o en todo lo que extraemos del suelo, está claro que estamos alcanzando un umbral crítico. Por supuesto, hemos de recurrir a la naturaleza para garantizar nuestra existencia (como todas las especies), pero las cosas se nos han escapado de las manos en el pasado, pensando que los recursos naturales eran inagotables. Hemos utilizado el océano como un vertedero. Actualmente, no solamente comenzamos a elaborar leyes y normativas, sino también una ética de protección de la naturaleza, lo que vale mucho más que las leyes.

¿De qué modo le ayuda la tecnología a hacer del océano su laboratorio?

Sin la tecnología, jamás hubiéramos puesto un pie en la Luna. No podríamos llegar al punto más profundo del océano y regresar del mismo sin dominar los sistemas que lo hacen posible. Pero, por muy maravillosa que sea la tecnología, aún no hemos conseguido crear un atún, ni tampoco una rana, un árbol o una flor.

Lo que realmente necesitamos en este momento es conseguir crear un submarino equipado con una esfera de cristal suficientemente resistente a la presión para enviar personas al fondo del océano. ¡Aunque ya casi lo tenemos! ¡Hay tanta gente viajando a 10 000 metros de altitud! Ha de poderse llegar a 10 000 metros bajo el agua para evaluar las consecuencias de la explotación minera de los fondos marinos. Es necesario ver la situación in situ para comprender su magnitud.

¿Dentro de su vida tan ajetreada, cuál es su mayor éxito?

Se encuentra en la esquina de la calle o justo detrás de la colina. Es mucho más interesante mirar hacia adelante que hacia atrás.

¿Cuál es su objetivo preciso con Mission Blue y los Hope Spots?

Creamos Mission Blue con el fin de explorar más para profundizar en nuestros conocimientos. Por un lado, utilizamos la tecnología para explorar y analizar lo que vemos y para compartir lo máximo posible nuestros hallazgos, no solamente con la comunidad científica, sino también con el gran público. Por otro lado, animamos a la gente a actuar y a plantearse: «Esta parte del océano me preocupa. Quiero crear aquí un Hope Spot y me comprometo a cuidarlo junto con los que pueda convencer para que me ayuden».
Esto es lo que es un Hope Spot. Puede tratarse de una zona en buen estado o que haya sido dañada, pero que, si se cuida, puede recuperarse.

¿Podría darnos ejemplos de los lugares que más le preocupan dentro del marco de Mission Blue?

Las islas Galápagos. Este tesoro mundial se encuentra en peligro, pero, con la atención necesaria, se podría al menos mejorar su estado.
La bahía de Chesapeake (Estados Unidos) es otro buen ejemplo de Hope Spot. Imagínese el aspecto que tendría este lugar hace cuatrocientos años en comparación con la situación actual. Es el basurero de Washington.

Captada por el objetivo de David Doubilet al lado del sumergible Deep Rover, con el que descendió a una profundidad de 335 metros frente a las Bahamas.

Cashes Ledge, un pequeño santuario submarino frente a la costa del Maine, está protegido desde hace quince años. La pesca ya no está autorizada. De pronto se ha convertido en uno de los únicos lugares donde pueden observarse grandes bacalaos.

Dicho esto, no es que un lugar, por el hecho de ser un Hope Spot, esté protegido. En 2015, las Naciones Unidas dieron por fin un paso para la creación de acuerdos para proteger el mar abierto. Hasta ese momento, se trataba de un territorio sin ley.

Haz lo que te gusta. Procura mantener una pasión fuerte por algo que te llegue verdaderamente al corazón.

La protección de los mares puede ser algo desalentador: como individuo, uno se puede sentir fácilmente sobrepasado al querer actuar. ¿Qué se puede hacer para ser eficaz?

En realidad, comprendo muy bien esa sensación, porque yo solamente soy una persona como cualquier otra y a mí también me resulta difícil. Lo importante es tomar conciencia de que ninguna persona puede cambiarlo todo, pero todo el mundo puede cambiar algo. Juntos, podemos llegar a conseguirlo realmente. Uno de los mayores peligros para el futuro del planeta es la inercia: personas que tienen la capacidad de actuar pero que no lo hacen o lo hacen de forma incorrecta.

La solución puede decepcionar por su sencillez: que cada uno de nosotros ponga de su parte, paso a paso. Si una acción se repite mil veces, y cada una de esas mil veces otras mil, el cambio se produce finalmente. De lo contrario, no se producirá ningún cambio si cada uno de nosotros nos quedamos de brazos cruzados pensando: «De todos modos, solo no puedo hacer nada». Es una opción personal.

¿Cuál es el mejor consejo que le han dado?

Me imagino que es el consejo que siempre me sorprendo dando a los demás. Haz lo que te gusta. Procura mantener una pasión fuerte por algo que te llegue verdaderamente al corazón. Personalmente, siempre he querido ser una científica, y eso es lo que soy. He tenido la suerte de poder vivir mi sueño. Afortunadamente, mis padres me permitieron hacer lo que me gustaba. Eso es lo que incito a hacer a todo el mundo.

Sé que puede desconcertar, pero procuro decir a los niños: «No te preocupes si no has encontrado tu vocación, date un poco de tiempo. Tal vez no puedas ser un especialista en un ámbito particular, y eso también está muy bien, es tu forma de diferenciarte. ¿Te interesan muchas cosas? ¡Genial, pues lucha por ello!»

¿Piensa usted que la «ciencia ciudadana» (proyectos de investigación llevados a cabo por científicos profesionales y amateurs) puede contribuir a Mission Blue?

Por supuesto, ya está ocurriendo. Se podría hablar de una armada, pero se trata más bien de una flotilla: millones de buceadores ven en el océano cosas que pocas personas ven. Son muchos los que han cambiado su arpón por una cámara de fotos comprendiendo que el mundo del océano es mucho más que un terreno de caza.

Colaboramos con la PADI, la organización internacional de formación en la inmersión submarina, para promover la ética de la conservación y convencer a los buceadores para convertir su lugar de inmersión tan amado en un Hope Spot protegido. Esto es un ejemplo concreto de ciencia ciudadana. Todo el mundo puede hacer el trabajo de un científico: los niños, los contables, los profesores, los padres y, por supuesto, los buceadores.

No es necesario ser un investigador profesional para ayudar a la ciencia de una forma concreta. Creo que todos deberíamos apasionarnos por la exploración. Eso es algo natural para los cachorros, los pulpos o los elefantes pero, sin duda alguna, ninguna especie lo hace mejor que el ser humano: explorar, memorizar y transmitir.

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