Plácido DomingoLa constante reinvención

Fecha de publicación: diciembre 2015icon-clockTiempo de lectura: 4min 6s
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A medida que se disponía a terminar el siglo XX, los periodistas culturales españoles —y de todo el mundo— adquirimos la absurda costumbre de preguntar a Plácido Domingo para cuándo habría planeado su retirada. No faltaba quien disparara la cuestión, cuando el cantante iba a sobrepasar la barrera de los 60 años. 

Domingo sonreía y, como para zanjar una cuestión incómoda, respondía que seguiría cantando hasta que fuera consciente de no estar haciendo el ridículo. Que iba a ser primero él quien se diera cuenta, y que calculaba que en cinco o seis años…

Han pasado 15. Y Plácido sigue ahí, desbaratando el sentido común y las previsibles barreras biológicas, también contra todo pronóstico en aquellos tiempos, pues quien ya lo había sido todo en la historia de la ópera estaba a punto de emprender una nueva y luminosa etapa en su carrera llena de éxitos, de nuevo, sobre los escenarios.

Le ha ocurrido siempre. A Domingo, todo el mundo ha tratado de analizarlo con los parámetros de «lo normal» cuando es un fenómeno fuera de toda previsión común a los mortales. Desde el principio de su carrera, provoca asombro y admiración. No parecía posible que abordara con plenitud ciertos papeles como La forza del destino, con 30 años, u Otello, con 35, un papel que llegaría a interpretar casi en 250 representaciones.

Su apabullante precocidad no entraba ni siquiera en la lógica de la precocidad misma. Con el tiempo, pocos podían aceptar de buena gana que se atreviera, sin salir escaldado de ello, a pasar de Verdi, Puccini o de todo el verismo a Wagner, siempre con éxito a lo largo de más de 3500 actuaciones; que al tiempo que cantaba, dirigiera orquestas; que pudiera además prestar atención a dos cargos como intendente, con mucho ojo, en las Óperas de Washington y Los Ángeles —no olvidemos, una ciudad, el centro del poder político mundial y, la otra, de la industria del espectáculo—; que desempeñara una labor solidaria intensa desde que quedó traumatizado en el terremoto de México, donde se metió de lleno a rescatar víctimas de los escombros entre los que halló a familiares suyos cercanos; que liderara un concurso de jóvenes valores como Operalia —respaldado por Rolex—; que hubiese formado parte del mayor hito discográfico en la ópera mundial, con el concierto de los Tres Tenores, junto a Carreras y Pavarotti (10 millones de discos vendidos), además de haber batido unas cuantas marcas encarnando 145 diferentes papeles, con MacBeth (Verdi) como nuevo reto en febrero de 2015 junto a Daniel Barenboim, en Berlín. 

No entraba en cabeza humana su trayectoria. Pero si a eso le añadimos que, cumplidos los sesenta, es donde iba a arriesgar aún más y ahondar en su veto wagneriano a adentrarse en el repertorio ruso —¡y a aprender el idioma!— para cantar La dama de picas (Chaikovski), saludar a Gluck; probar el mundo barroco en títulos como Tamerlano, de Haendel; reinventarse como cantante —de tenor a barítono, su voz natural— para darse el lujo de interpretar a Simon Boccanegra (Verdi), al oscuro MacBeth, o atreverse con nuevos papeles en títulos hechos a su medida como el de El primer emperador (Tan Dun) o Il Postino (Daniel Catán), en la piel del poeta Pablo Neruda. Que seguirían los hitos, en suma, y la BBC, en una encuesta, lo eligiera el mejor tenor de la Historia, ninguno hubiese osado a preguntar semejante bobada acerca de su retirada.

Domingo interpretando al conde de Luna en El Trovador en 2014 en el Festival de Salzburgo.

A nadie se le ocurre en estos tiempos volver a plantear nada relacionado con su adiós. El cantante que nació en Madrid en 1941, emigró a México con sus padres cuando tenía 8 años y debutó a los 18 en un teatro del D. F., estaba llamado a marcar un hito. A transportar un arte antiguo a la modernidad y ampliarlo a grandes públicos, a vigorizar y transformar la ópera con ejemplo, dedicación, pasión sin límites: «Todavía lloro muchísimo en el escenario», me confesaba hace pocos años, en la pausa de un ensayo de Cyrano de Bergerac, en Valencia. 

Cumplía cerca de 40 años en los teatros desde que, alejado de sus incursiones en la música ligera o el rock and roll junto a un grupo que se hacía llamar Los Black Jeans para quienes hizo coros y arreglos, comenzara como barítono en Marina y también, meses después, como tenor en La Traviata. Fue en los teatros mexicanos el Degollado y el María Teresa Montoya, de Monterrey. Cumplía con la tradición. Sus padres, Plácido y Pepita Embil, habían emigrado a México con su compañía de zarzuelas. Así que el joven heredero se había formado a fondo en las glorias y penurias del mundo del espectáculo.

Simon Boccanegra en 2010 en la Royal Opera House.

Casado ya con la soprano mexicana Marta Ornelas, decidieron trasladarse a Israel. Fue en la ópera de Tel Aviv donde comenzó a desatar marcas. En dos años y medio participó en 280 representaciones con diferentes papeles y montajes poco ortodoxos en los que algunas óperas canónicas llegaron a cantarse en tres idiomas. Así es como descubrió que el purismo podía ser retado lo mismo por necesidad que por gusto. 

Con ese bagaje, empezó a adentrarse en terrenos desafiantes. Supo que sin riesgo no acabaría triunfando en templos como el Metropolitan —donde ha podido batir su marca como el tenor que más veces ha abierto las temporadas del recinto—, la Scala, el Covent Garden, Salzburgo, el Teatro Real de Madrid o el Wiener Staatsoper, donde ha cosechado la ovación más larga con su verdiano Otello. La audacia le ha resultado aliada toda la vida. Una de sus características de marca. El «por qué» de la mayoría a cualquier propuesta o cuestión que se saliera de lo esperado, sencillamente, en Plácido, se transforma en «¿por qué no?».

Plácido Domingo firmando autógrafos tras su interpretación de La isla encantada el 20 de marzo de 2014, en el Metropolitan Opera.

Curiosidad, amor propio, envite, genética de titán y una capacidad de trabajo asombrosa le han colocado en lo más alto del pedestal con un hueco en la leyenda, él tan dado a los prodigios deportivos y cinéfilo compulsivo.

Su proverbial diplomacia fue puesta a prueba cuando se atrevió a retar los terrenos del poder en su mundo. Dijo que no a Herbert von Karajan cuando pocos se atrevían a hacerlo. En pro de la polémica filosofía de la masificación dentro de un mundo de élites, defiende la idea de un arte lírico capaz de llenar estadios de fútbol y encandilar a audiencias de miles de millones, como cuando se celebran los mundiales de fútbol.

Ni unos ni otros, cantantes y factótums, han llegado a lo que él simbólicamente ha supuesto para todos los públicos del globo terráqueo sin desmerecer el respeto de su propio mundo. ¿Quién de todos ellos puede presumir de haber aparecido en la serie Los Simpson? Solo Plácido Domingo.

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